El Cura Merino

Retrato original . Ayuntamiento de Lerma

ra hijo de Nicolás Merino y María Cob. Se trataba del segundo hijo de un total de doce, nacidos de los dos matrimonios que contrajo el padre. Desde los siete años trabajó al cuidado del rebaño familiar; su tío, el párroco del pueblo, le había enseñado las primeras letras y, más tarde, sus padres le enviaron a la colegiata de Lerma. No pudo terminar los estudios porque las necesidades de su familia le obligaron a volver al trabajo. Finalmente, el párroco de Covarrubias le llevó consigo como paje y familiar y esto le permitió completar su formación en año y medio y ser ordenado sacerdote en 1790. En adelante ejerció como párroco de su pueblo natal.

En enero de 1808 llegó a Villoviado una compañía de cazadores del segundo cuerpo de observación de la Gironda, parte de la retaguardia de la gran unidad que tenía por misión establecerse en la línea del Duero con vistas a la conquista de Madrid, según los planes de Napoleón. La compañía pernoctó en Villoviado. A la mañana siguiente, revestido para celebrar la misa y sin dejarle cambiar sus vestiduras, fue obligado junto con otros hombres del pueblo a llevar sobre sus hombros el bombo y los platillos de la banda de música, a falta de los medios de transportes negados por todos los vecinos del valle de Solarana. Poco después, primero con un criado, luego con un sobrino y al fin con una cuadrilla de mozos del pueblo y de los alrededores, se fue al monte. Ésta fue la ocasión que determinó el levantamiento de una partida, como lo fueron otros sucesos en el caso de los restantes guerrilleros, pero el motivo determinante de los clérigos que decidieron participar en la guerra contra Napoleón es el mismo que el de tantos cuya resistencia se vio exacerbada por el espíritu de los soldados napoleónicos que practicaban con frecuencia la profanación de los templos y los desmanes con las personas sagradas.

Hizo su aparición el 10 agosto de 1808 atacando a combatientes aislados y continuó al frente de una partida de seis hombres que se emboscaban sin alejarse del terreno. Él mismo precisó en su hoja de servicios que “el día 6 de enero de 1809 abandonó su casa y, acaudillando unos cuantos españoles, se presentó en público enemigo decidido de los franceses”.

A fin de mes contaba con veinte hombres y algunas armas que le proporcionó Juan Martín Díez, El Empecinado.

La partida creció rápidamente y en mayo obtuvo de la Junta Suprema Central la facultad de aumentarla, siendo nombrado comandante de ella con el título de la Cruz Roja. Nombre y emblema respondían a la motivación religiosa patente en toda la Guerra de la Independencia.

En septiembre fue ascendido a capitán de Infantería y tiene consignadas en su hoja de servicios una serie de acciones como haber causado noventa muertos al enemigo y haber cogido cincuenta prisioneros; haber apresado dos correos con sus valijas y dos convoyes de munición; el ataque a los franceses que guarnecían Lerma y haber salvado el tesoro de Santo Domingo de Silos. En Quintana del Puente logró quitar al enemigo ciento dieciocho carros cargados de granadas, dieciseis mil libras de pólvora, cuatro morteros y dos obuses, además de dar muerte a los que custodiaban el envío. Es éste el punto de arranque de una evolución de la partida que la llevaría a transformarse en una guerrilla cada vez más regularizada.

En 1810 fue ascendido a teniente coronel y el radio de acción de su partida, que contaba ya con cuatrocientos caballos y quinientos infantes, se extendió considerablemente. En julio, los franceses hicieron algunos prisioneros a Merino con engaño, los fusilaron y mandaron colgar en Burgos. Esto hizo aún mayores las habituales represalias: el jefe guerrillero hizo treinta prisioneros en Quintanapallá, los mandó fusilar y envió a Burgos los cadáveres. A finales de octubre se apoderó de nuevos envíos de armas y avituallamientos en Quintana del Puente y cerca de Burgos.

En todo caso, nunca fue Merino acusado de crueldad hacia sus enemigos, mientras que se solía poner de relieve su caballerosidad y generosidad con los vencidos.

Si se llegó a practicar la lucha total y sin cuartel fue por reiterada iniciativa de los generales franceses que decretaron el fusilamiento en bloque de las Juntas políticas y el suplicio de cuantos españoles formasen milicias o empleasen armas fuera de los ejércitos imperiales.

En 1811 estuvo a punto de llevarse a cabo un proyecto de indudable interés pero que se quedó en pura teoría: la constitución de un Consejo de Representación de Castilla la Vieja, órgano asesor de Merino, quien sería comandante general de Castilla la Vieja, con mando sobre todas las partidas de guerrilleros que operaban en Burgos (Merino), Segovia (Abril, Saornil y Tenderil) y Valladolid (Príncipe). La idea provenía de un asesor, llamado Bonifacio Gutiérrez, que había nombrado la Junta de Burgos para auxilio del cura Merino. En otoño del mismo año las tropas de éste fueron visitadas por el general jefe del 7.º Ejército, Gabriel Mendizábal, quien quedó admirado de la presentación e instrucción de sus fuerzas, ordenando aumentar hasta seis mil los efectivos de Merino, que podían ser en aquellos momentos de unos 2500 hombres. La Junta manifestó las graves dificultades que ello supondría para vestir y alimentar a tan crecidos efectivos Merino, a quien ya se denominaba en documentos oficiales “Coronel y comandante de la División del Duero”, consiguió el 16 de abril de 1812 su mayor victoria, la de Hontoria de Valdearados (Aranda de Duero, Burgos). Terminó la guerra como brigadier y con el cargo de gobernador y comandante militar de Burgos que le concedió Castaños, pero fue un nombramiento de breve duración, pues, a pesar de haber pedido mando militar a Fernando VII, éste le propuso como canónigo de la Catedral de Valencia.

Un día, en pleno capítulo, tuvo un altercado con sus compañeros y regresó a Villoviado.

Durante el Trienio Constitucional pudo tomar de nuevo las armas en defensa del Rey. Al frente de su partida se enfrentó, con suerte diversa, a Juan Martín El Empecinado, prestó socorro a las tropas de Angulema y se movió por Burgos, Valladolid, Segovia, Ávila y Extremadura. Terminada la guerra fue nombrado mariscal de campo en Segovia y, tras diversas incidencias, volvió al retiro de su pueblo natal, donde todo parecía haber terminado para él cuando, a sus sesenta y cuatro años de edad, murió Fernando VII.

A primeros de octubre de 1833, los guerrilleros realistas Santos Ladrón e Ignacio Cuevillas pasaron por Villoviado y convencieron al cura Merino para que se sumara al levantamiento para defender los derechos al trono de Carlos María Isidro de Borbón.

Fue designado capitán general de Castilla la Vieja y quedó al mando de una fuerza de catorce batallones, con más de once mil hombres. El 23 de octubre de 1833 Merino proclamó el bando de guerra desde su cuartel general en Salas de los Infantes y al día siguiente publicó la primera orden a sus jefes de batallón desde Aranda, donde pasó revista a tres brigadas de Infantería, cuatro escuadrones y dos compañías de Artillería.

Cuando el coronel Tomás de Zumalacárregui fue nombrado jefe de las fuerzas carlistas en Navarra y Vascongadas, la guerra cambió de signo en el norte y cada vez parecía más favorable para la causa defendida por Merino. Éste seguía siendo un guerrillero, no un militar profesional y, tras las derrotas sufridas en algunas escaramuzas sostenidas durante estos meses, el mismo Zumalacárregui le recomendó que dividiera a sus hombres de cien en cien y se aplicase a hacer la guerra en tierra de Burgos, como siempre. Desde sus posiciones burgalesas y con salidas como las que protagonizó en abril de 1835 sobre Herrera de Pisuerga y en mayo hacia Ontoria del Pinar, logró atraer sobre sí ciertas fuerzas que, de no haber estado él allí, se habrían volcado sobre el principal frente carlista. Por estas fechas fue frecuente el contacto epistolar entre Zumalacárregui y Merino, quien se inclinaba por una incursión sobre Madrid aprovechando la base de operaciones que él estaba fortaleciendo en Castilla.

Finalmente, Zumalacárregui atacó Bilbao, fue herido en el asedio y falleció el 24 de junio de 1835. Desde entonces, Merino fue consciente de lo difícil que sería su situación. Intentó salidas en julio y agosto, pero el cerco se fue apretando a su alrededor. Por ello mandó llevar a Navarra sus escuadrones a caballo y, en los primeros días de 1836, pasó a Oñate, la corte carlista.

Después de la traición de Maroto, el Convenio de Vergara y la derrota, el cura Merino marchó al destierro y murió el 12 de noviembre de 1844 en Alençon (Francia), donde estuvo enterrado hasta que, el 22 de junio de 1962, sus restos fueron exhumados y trasladados a Lerma (Burgos).

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Ángel David Martín Rubio